La medida de lo imponderable
Aquello
que escapa al análisis lógico y se niega a una expresión cuantitativa, es el
centro de la actividad artística de
Helena Distéfano.
Esa manifestación no aprehensible emana así de una
zona de misterio, en ese escurridizo tránsito de las cosas que denotan una
actividad secreta y sensible, que abjura de las representaciones imitativas, de
los relatos y las ilustraciones.
Su
arte es una aventura, incierta siempre, pero sólida en su base expresiva, en la
plataforma de lanzamiento de su consumada experiencia, en su trato con el
devenir de la obra que es abrazada por la justeza de sus elecciones y la
valentía de sus rechazos.
En ese trajinar, en ese desplazamiento
envolvente de su hacer, se juega en la arriesgada formulación de situaciones
siempre plásticas y de vibrante sugerencia, como si el ejercicio y el
movimiento de su alma llegara al “lugar”, al sitio donde recalan, satisfechos de
su papel, orgullosos de su valiosa contribución, los arriesgados colores, las huidizas
líneas y los rastros que ha
inscripto su gráfica gestual, su huella sensible.
Helena da cuenta de una virtud propia de su
maestría: aunque crea una singularizada técnica como resultado de la
multiplicada práctica pictórica, privilegia la activa participación del
sentimiento, no como una manifestación de estados de ánimo sino como una
profunda indagación en esa zona abisal donde el ser humano define su condición
de ser. Así la técnica tiene su parte pero la necesaria y suficiente, para dar
un carácter expresivo y auténtico a sus obras.
Un arte verdaderamente contemporáneo pero
alejado de los estereotipos de moda se adueña de sus cuadros, dibujos,
instalaciones y las variadas formas que suele tomar aquél. Sabe que la época se
refleja en ella no como consecuencia de una actitud voluntaria sino por la
participación en las ideas de su tiempo, en el resonar de aquellos movimientos
que hacen que la vida humana sea capaz de llegar a un grado de trascendencia. Una
medida al fin de lo imponderable.
Imágenes que surgen como consecuencia del
actuar, no impuestas, “apariciones” y sugerencias que dinamizan el espacio,
nutren al cuadro
con presencias inquietantes y
le confieren ese tinte de extrañeza que alimenta la obra.
Los títulos que eligió Helena, poéticos,
metafóricos, de sentidos varios, remiten a textos leídos por ella del filósofo
argentino Santiago Kovadlof.
Aún hay algo más que debemos destacar: lo que
hoy vemos son los resultados ceñidos a la condición de artista que nos entrega estos
preciados productos, pero ese valor no
queda allí, se expande a sus “otros” por la elevada actividad que desarrolla en
la enseñanza del arte, condición esta que es una razón de suma importancia en
su vida.
Heriberto
Zorrilla
