Una realidad presentida
Acaso podamos con esa singularidad del deseo, indagar
el punto donde se genera aquello que moviliza el sentimiento. Es como si
recorriéramos una casa
con la perplejidad de quien,
a cada paso, se arriesga derivando en ignorados corredores, en la alternancia
de luces y sombras que le depara el íntimo camino que emprende.
Esos espacios desconocidos que se nos
aparecen balbucean ante nosotros un lenguaje oscuro donde habitan los miedos,
las imposibles respuestas, las configuraciones de formas desleídas nunca
aprehendidas del todo.
Continuar, insistir y perseguir aquello que
se nos escapa nos remite a imprecisiones, atisbos, que sin embargo arrastran
una parte imponderable de aquello que somos.
Podemos decir que las obras son sólo apenas
reflejos de un todo inabarcable al que nos enfrentamos sin verlo.
Es como si el sentimiento tuviera el inicio
a una distancia cósmica, que nos hace sentir impotentes.
Sin embargo el esfuerzo no cesa, el camino no
acaba, la orden es andar y dejar unos pobres apuntes de una realidad
presentida.
Esos esbozos, sin embargo, se hacen
tangibles a los ojos, son descubrimientos casi azarosos pero su subjetividad se
objetiva en la obra.
Allí da cuenta de su existencia, se aparta
de nosotros, asume una identidad que se corporiza y adquiere su plena
autonomía.
Cerramos entonces una puerta que cancela un
intento, mientras otra se nos abre y nos muestra el comienzo de nuevos caminos.
Una oferta creciente que vuelve a provocarnos, a encender un nuevo deseo, a
despertar aquello que Girondo llamara “el gusto al riesgo en brote”.
Desobedientes, obcecados, nuestra
insistencia cristaliza, se condensa, se afirma en decisiones que comprometen el
sueño que nos hace vivir como recolectores, como si usufructuáramos un suelo
donde descubriéramos, casi al azar, aquellas joyas de nuestras porfías,
aquellos vestigios posibles de una realidad inalcanzable.
Heriberto
Zorrilla
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