sábado, 30 de junio de 2012

La vereda de enfrente



La vereda de enfrente

En la “Fundación mítica de Buenos Aires” señalaba Borges, para dar cuenta de una carencia propia de un caserío que  soñaba ser una ciudad, que, en un lugar precario en el que asomaba recién un almacén, sólo faltaba una cosa: la vereda de enfrente.
 Hoy en la ciudad grande donde discurre Posadas están las dos veredas, generosas, amplias, para albergar esta muestra que armamos con cariño.
  Sabemos también que simbólicamente al decir dos veredas generalmente damos cuenta de una oposición.  De dos antagonismos. Hoy no es así, Tanto Helena como yo hemos tenido un camino común que recorrimos con actitud solidaría y, por supuesto con amor.
  Es cierto que algunas veces, juntos debimos unirnos en una vereda de enfrente, porque actuar es a veces luchar. Pero siempre fue una lucha pacífica, defendiendo aquello en lo que creíamos.
  En el camino hemos aprendido. La pintura para nosotros ha sido siempre una experiencia viva, en ambos aspectos en que la encaramos: tanto en el alumbramiento de nuestra obra como en la enseñanza. Desde esta última es talvez la que nos fue ofrecida la mayor de las gratificaciones. Y nuestra maestra ha sido la experiencia, que no se detiene en la indicación técnica sino que busca ahondar en el sentimiento de quienes acompañamos, descubrimos, palpamos su esencia sensible.  
  Nuestra tarea es provocar la creatividad a través de estimular el autoconocimiento en cada discípulo. Sabemos con seguridad que en muchos de ellos esa tarea conjunta ha producido en su vida la posibilidad de abrir un horizonte que le parecía negado.
  Pintar es aprender a ver y descubrir el propio sentir. Ampliar estas posibilidades valorando la subjetividad personal, desarrollando el valor de lo intuitivo, y generando la asunción de aceptar  los riesgos de cada trabajo creativo está en la médula de nuestros propósitos.

 

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