La
vereda de enfrente
En
la “Fundación mítica de Buenos Aires” señalaba Borges, para dar cuenta de una
carencia propia de un caserío que soñaba
ser una ciudad, que, en un lugar precario en el que asomaba recién un almacén, sólo
faltaba una cosa: la vereda de enfrente.
Hoy en la ciudad grande donde discurre Posadas
están las dos veredas, generosas, amplias, para albergar esta muestra que
armamos con cariño.
Sabemos también que simbólicamente al decir dos veredas generalmente damos cuenta de
una oposición. De dos antagonismos. Hoy
no es así, Tanto Helena como yo hemos tenido un camino común que recorrimos con
actitud solidaría y, por supuesto con amor.
Es
cierto que algunas veces, juntos debimos unirnos en una vereda de enfrente,
porque actuar es a veces luchar. Pero siempre fue una lucha pacífica,
defendiendo aquello en lo que creíamos.
En el camino hemos aprendido. La pintura para
nosotros ha sido siempre una experiencia viva, en ambos aspectos en que la
encaramos: tanto en el alumbramiento de nuestra obra como en la enseñanza. Desde
esta última es talvez la que nos fue ofrecida la mayor de las gratificaciones. Y
nuestra maestra ha sido la experiencia, que no se detiene en la indicación
técnica sino que busca ahondar en el sentimiento de quienes acompañamos,
descubrimos, palpamos su esencia sensible.
Nuestra tarea es provocar la creatividad a
través de estimular el autoconocimiento en cada discípulo. Sabemos con
seguridad que en muchos de ellos esa tarea conjunta ha producido en su vida la
posibilidad de abrir un horizonte que le parecía negado.
Pintar es aprender a ver y descubrir el
propio sentir. Ampliar estas posibilidades valorando la subjetividad personal,
desarrollando el valor de lo intuitivo, y generando la asunción de aceptar los riesgos de cada trabajo creativo está en
la médula de nuestros propósitos.
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